INTRODUCCIÓN

Uno de los sistemas agroforestales más importantes de la península ibérica lo constituyen las dehesas y montados, cuyo principal objetivo es la producción ganadera extensiva, por lo que los pastos y la bellota son elementos clave para su rentabilidad. Este sistema de producción basado en los recursos naturales confiere además características diferenciales a los productos obtenidos. Así actualmente la bellota se ha convertido en un bien preciado que es aprovechado mayoritariamente por el cerdo ibérico debido a la alta demanda de productos de calidad derivados del mismo. La bellota es, además, un recurso alimenticio fundamental para el mantenimiento de la fauna silvestre en invierno y el elemento base para la regeneración del arbolado.

Sin embargo, la producción de bellota es una variable sujeta a importantes oscilaciones, lo que dificulta la planificación de su aprovechamiento. Esta variabilidad es achacable a la gran cantidad de factores de los que depende, y que da lugar a diferencias muy importantes entre años y entre árboles para las cosechas, pero también para otras características de la bellota como el peso, la forma o la composición bromatológica (Foto 1). Si analizamos las variaciones entre árboles, para el caso de la producción encontramos altos coeficientes de variación, que en el caso del estudio realizado por Carbonero en 2011 sobre 50 encinas y durante 6 años, arroja valores del 114% con valores mínimos de 0 kg y valores máximos de 153 kg. Para otras variables productivas, los coeficientes de variación encontrados en este estudio son menores, aunque también relevantes, en torno al 36% para el peso, 13% para la longitud, 16% para la proteína bruta y 21% para la grasa bruta.

La variación de la producción entre años encontrada por Carbonero también es de importante entidad (CV=85,8%), aunque ligeramente inferior a la que se detecta entre árboles. Así para una misma zona encontramos años muy buenos como el 2001-2003 con valores medios entre 21-17kg/árbol, que contratan con años de menor capacidad de producción como el 2005 con valores medios de 6kg/árbol (Figura 1). Las variaciones entre años para variables como el peso (CV=41%), la longitud (CV=13%), la grasa bruta (CV=21%) o proteína bruta (13%) son también importantes y similares a las observadas entre árboles.

A continuación, trataremos de explicar algunas de los principales factores que motivan estas fuertes oscilaciones. Para una más fácil comprensión los hemos dividido en 3 grupos, por un lado, aquellos que se encuentran ligados a la genética o al desarrollo del árbol como individuo, y por otro, aquellos relacionados con características del medio y con su gestión.

FACTORES QUE AFECTAN A LA PRODUCCIÓN RELACIONADOS CON LAS CARACTERÍSTICAS INDIVIDUALES DEL ÁRBOL

La especie

Como sistema agroforestal, la dehesa y el montado mantienen un estrato leñoso perenne constituido en su mayoría por árboles del género Quercus, principalmente encina y alcornoque, acompañado ocasionalmente de otras especies como el quejigo. De todos ellos, la encina es el árbol más representativo de la dehesa, apareciendo por ejemplo en Andalucía como especie prioritaria en el 70,1% de su superficie (Costa y col., 2006). Se sabe que en la dehesa el hombre ha favorecido desde antaño la expansión de la encina en detrimento de otras especies debido a la importancia de su fruto en la alimentación humana y animal, al elevado poder calorífico de su leña y a su alta capacidad de pervivir en ambientes muy diferentes. Es por ello, que la encina ha sufrido un intenso y lento proceso de selección guiado por la cuantía de sus producciones, el tamaño y la dulzura de la bellota (Ezquerra, 2011). Así se conoce por la existencia de testimonios orales y escrito, de la siembra de bellotas grandes y dulces por los porqueros durante las jornadas de pastoreo, y de la existencia de prácticas y normativas que buscaban compatibilizar la extracción de leña y el mantenimiento de la capacidad productiva de los árboles (Vázquez y col., 2001b). En este sentido, pueden citarse los racheos (extracción a golpe de hacha de la albura y el duramen del árbol, pero sin matarlo) o la corta de árboles improductivos solamente. En estos hechos puede radicar la mayor capacidad y calidad productiva de la encina frente a otras especies (Vázquez, 1998). La composición de la bellota también difiere entre especies, teniendo en general la de la encina más grasa que la de alcornoque y quejigo, que aportan más proteína y presentan un sabor más amargo especialmente en el caso del quejigo (Tabla 1).

Potencial de producción

Dentro de cada especie, y especialmente para el caso de la encina, encontraremos una elevada variabilidad individual productiva muy ligada a la amplia variabilidad genética que atesora (Coelho y col., 2006) como resultado de la polinización anémofila, de la amplitud de su extensión territorial y de su capacidad para hibridarse con otras especies. Así, algunos individuos son consistentemente muy productivos y otros lo son muy poco, no estando relacionada esta cualidad con rasgos morfológicos de los árboles. Esta característica ha sido datada también para otras especies de Quercus (Koenig y col., 2013). El estudio relacionado por Carbonero (2011) indica que la mitad de la producción de una zona la proporciona un número reducido de árboles que oscila entre el 12-19%, según la montanera. Así, encontramos que en años de montaneras bajas o para zonas menos fértiles, la producción se concentra en un menor número de árboles (Carbonero y col., 2010).

La vecería

Cuando se analiza la producción frutal de un árbol, además de su potencial, es importante conocer su vecería o constancia de la producción a lo largo del tiempo. En la encina, hay mucha variabilidad para esta característica como ocurre con otras ya expuestas. En la figura 2 se muestra la producción de bellota para 3 grupos de encinas, encontrándose que hay arboles más productivos, pero que sufren fuertes oscilaciones entre años consecutivos (Grupos 1 y 2), y árboles menos productivos, pero con patrones de producción más estables (Grupo 3). Esta vecería se achaca a que una alta producción de fruto inhibe la floración al año siguiente, debido a que los balances hormonales y las reservas de nutrientes en el árbol se ven alterados. Al soportar los árboles más productivos la mayor parte de la cosecha es por ello, que son frecuentes las oscilaciones entre años consecutivos a nivel de finca. Sin embargo, en muchos casos estas oscilaciones se ven amortiguadas si existe una cierta asincronía entre pies, lo que ocurre frecuentemente en la dehesa, y que puede observarse entre los grupos 1 y 2 de la figura 2.

Por otro lado, las variaciones en las cosechas entre años afectan también al tamaño de las bellotas y a su composición. Así, mayores cosechas, van ligadas a tamaños de fruto más pequeño, y también a un mayor contenido en cenizas (minerales) y proteína en la bellota. (Carbonero y col., 2011).

Edad

Los árboles atraviesan un periodo de juventud en el que apenas producen fruto y que dura hasta los 10 años aproximadamente (Vázquez y col., 2009), a partir del cual se produce un despegue de la producción, encontrándose la plenitud de la producción entre los 50-150 años. Recientes trabajos realizados sobre forestaciones de encinas en torno a los 20 años de edad encuentran valores de productividad de 375g de bellota fresca por m2 de copa (Férriz y col., 2015), cifra similar a la encontrada en individuos adultos con valores de 252g de bellota fresca por m2 de copa (Carbonero, 2011). Lógicamente, los valores de producción total por árbol son muy inferiores al de individuos adultos (1,3kg por árbol) debido al menor tamaño de la copa. Para estos árboles jóvenes también se encuentran unos valores altos de peso de bellota (de media 7,8g en fresco) y de contenidos en grasa (10,2% MS) probablemente por proceder de madres seleccionadas por sus buenas características productivas.

Relacionado con la edad se encontraría también la envergadura del árbol, pues árboles más viejos poseen mayores copas que les permiten albergar una mayor cosecha y sistemas radicales más grandes que les proporcionan mayor capacidad de competir por recursos como la luz y el agua. Así, en la dehesa, se encuentra influencia del árbol adulto sobre el joven hasta una distancia de 20 metros (Férriz, 2014).

FACTORES QUE AFECTAN A LA PRODUCCIÓN RELACIONADOS CON EL MEDIO

Meteorología

La meteorología condiciona la producción especialmente durante las fases de floración masculina y femenina (de marzo a mayo) y de maduración de la bellota (septiembre y octubre). En primavera, las temperaturas suaves adelantan las brotaciones y prolongan el periodo de solapamiento de las floraciones masculinas y femeninas, beneficiando la polinización. Estas condiciones también alargan el periodo de crecimiento de los brotes y su vigor, y por tanto, la capacidad de albergar flores femeninas y de cuajar y madurar las bellotas. Por el contrario, temperaturas extremas, acortan los periodos de polinización y de desarrollo de los brotes perjudicando a la producción de bellota. También resultan negativos fenómenos drásticos como lluvias intensas o granizos durante la polinización. Además, parece determinante la disponibilidad de agua en el suelo al final de verano e inicios de otoño, siendo más importante para la consolidación de las cosechas en la dehesa el que no se retrasen en exceso las primeras lluvias otoñales, que la propia sequía de verano que siempre existe.

También tiene una importante afección sobre la producción de bellota la disminución de la cuantía de la precipitación anual habitual. Así, Ourcival (comunicación personal) en trabajos realizados en bosques de encina del sur de Francia durante más de 20 años encuentra que una reducción de la precipitación del 30% provoca de media una disminución de la producción en torno al 34,3% de la producción de bellota y una reducción en torno al 35% de polen viable. Además, si la sequía acaece durante la primavera tiene un mayor impacto sobre el desarrollo de hojas, floración masculina y femenina, y desarrollo del fruto, a diferencia de si acaece el otoño, en que no se encuentran efectos significativos sobre estas variables (Misson y col., 2011).

Los suelos y la orografía

La dehesa se ha asentado generalmente sobre suelos delgados y poco fértiles, y el árbol ha pervivido en estas condiciones desde antaño por lo que quizás esto explica el que no existan relaciones claras entre fertilidad del suelo y producción de bellota. Si existe una tendencia a una menos producción de bellota en suelos arenosos y bajo climas más áridos. Además, en estas condiciones la producción suele concentrarse en un menor número de árboles que suelen corresponderse con aquellos de mayor envergadura que parten de una posición de ventaja para competir por luz, agua y nutrientes. La orografía también afecta a la producción de bellota, ya que la existencia de fuertes pendientes acentúa los patrones umbría-solana, reduciendo la potencialidad de producción de bellota. Así, a medida que se aumenta el grado de sombreo se incrementa la proporción de flores masculinas, pero se ve disminuida la proporción de flores femeninas (Ramos, 2002). La existencia de pendientes provoca variaciones en la fertilidad y profundidad del suelo, lo que también afectará a la capacidad de producción de bellota, al igual que ocurre con otras producciones como la de pasto en que los mayores valores se registran en vaguadas y llanos, frente a laderas o cimas (Fernández Rebollo y col., 1997).

Las plagas y enfermedades

Dentro de este apartado habría que destacar en primer lugar a la podredumbre radical causada por Phytphthora cinnamomi, capaz de provocar pérdidas de vigor y la muerte del árbol en un corto espacio de tiempo (ver foto 4). Este patógeno causa la muerte masiva de raíces absorbentes de las plantas, provocando un efecto similar al de una sequía continua (ver apartado de meteorología), provocando la defoliación progresiva del árbol y disminuyendo su capacidad de absorción de agua y nutrientes.

En cuanto a los patógenos que afectan a la producción de bellota, pero sin causar la muerte del árbol, cabría destacar a las orugas defoliadoras que poseen la particularidad de hacer coincidir su fase larvaria con la de emergencia de los brotes primaverales de la encina de los cuales se alimentan. Al ser estos los portadores de la flor femenina a partir de la cual se desarrollarán las bellotas del otoño siguiente, causan la pérdida de las bellotas que pudiera producir. Existen una decena especies que son normalmente las causantes del 90% de los daños (Fernández de Córdova, 2008). Aunque por lo general las poblaciones de orugas y sus predadores (aves insectívoras y murciélagos fundamentalmente) están equilibrado dentro del ecosistema, hay ocasiones en que estos equilibrios se rompen, y una especie en concreto se multiplica rápidamente causando pérdidas de hasta el 70% de la producción. Para su control, la estrategia más directa es la aplicación de insecticidas. Sin embargo, es frecuente que estos tratamientos no sean efectivos (Pulido, datos no publicados en Koenig y col., 2013) debido a que se realizan demasiado tarde (periodo corto de tratamiento desde la emergencia de las orugas (2-3 semanas)), o a la variabilidad de brotaciones en la encina que provoca que no todos los árboles sean susceptibles al mismo tiempo y, a la emergencia escalonada de las orugas debido a la variabilidad de ambientes en la dehesa y la existencia de las distintas especies. Es por ello, que a medio plazo son importantes las actuaciones que mantienen el equilibro ecológico (mejoras o mantener las infraestructuras ecológicas que sirven de refugio a predadores como pequeñas manchas de monte, majanos y antiguas cercas de piedra, colocación de nidales artificiales, etc.) y a corto plazo tratar con insecticidas sólo en aquellas zonas en la que la plaga causa daños de entidad, huyendo de los tratamientos generalizados.

También habría que citar como agentes causantes de pérdidas de producción a los insectos perforadores de bellota: el gorgojo de las bellotas (Curculio elephas) y la polilla (Cydia fagiglandana). Ambos ponen sus huevos en las bellotas, y las larvas se desarrollan dentro de la semilla hasta alcanzar su madurez que coincide con la maduración y caída del fruto. El porcentaje de bellotas afectadas es muy variable, oscilando entre el 15% en años de altas producciones de bellota, a más del 60% en años de bajas producciones (Soria y col., 1995). Los mayores porcentajes de ataques se detectan en octubre y noviembre, disminuyendo progresivamente a medida que la temperatura desciende. Es posible utilizar productos químicos para su control, aunque se puede reducir considerablemente el porcentaje de bellotas picadas si se comienza a pastorear al inicio del periodo de diseminación de la bellota. Es éste un método barato y efectivo que carece de los inconvenientes achacables a los tratamientos químicos. De esta manera se consigue eliminar las primeras bellotas picadas que caen de los árboles y se ralentiza la evolución de las poblaciones. De hecho, la incidencia de perforadores de bellota es más alta en zonas con mayor cobertura de matorral, pues estos dificultan el acceso a los animales consumidores de bellota (cerdos principalmente) (Fernández de Córdova, 2008).

FACTORES QUE AFECTAN A LA PRODUCCIÓN RELACIONADOS CON LA GESTIÓN

La gestión realizada por el hombre en la dehesa modifica también la producción de bellota mediante actuaciones como los aclareos, las podas, los cultivos o el propio pastoreo que modifican en unos casos la estructura del arbolado y en otros el medio edáfico en el se desenvuelve.

La densidad del arbolado

La espesura de la masa ha sido una de las variables que el hombre ha manejado en la dehesa de cara a optimizar la productividad frutal, al reducir la competencia por luz, agua y nutrientes en un medio no especialmente generoso en recursos. Se ha visto que en aquellas zonas más abiertas y por tanto, mejor iluminadas y aireadas, la floración se adelanta, existe una mayor proporción de flores femeninas y una mayor sincronía entre la floración femenina y masculina, mejorando por tanto la eficiencia de la polinización. Así la producción de bellota en bosques es significativamente menor que en dehesa, de 6 a 7 veces menos (Koenig y col., 2013).

Existe un cierto consenso en que los óptimos de densidad para producción de bellota se encuentra en torno a 30-40% de cobertura de arbolado o unos 30-50 pies/ha (Moreno y Pulido, 2009). De hecho, producen menos bellota masa arboladas con densidades superiores a 80 pies/ha que con densidades inferiores a 15 pies/ha (figura 4). Las diferencias entre áreas con diferente densidad de arbolado media-alta producción que en montaneras poco productivas. Adicionalmente no se debe olvidar que el cerdo en montanera además de la bellota consume entre 2-6 kg de hierba por individuo y día (López-Bote y col., 1999), y asimismo esta producción herbácea es menor a medida que aumenta la densidad del arbolado. En cuanto a la vecería se ha encontrado que en áreas con mayor densidad del arbolado, existe una menor frecuencia de años buenos y por tanto un aumento de la vecería, que además se acentúa cuando existe una importante presencia de matorral, lo que podría explicarse por la menor disponibilidad de recursos por árbol (Fernández y col., 2017).

Las podas

Las podas pueden considerarse como el tratamiento al árbol por excelencia en la dehesa. Su objetivo principal es formar y mantener en el árbol una estructura óptima para la producción de bellota, lo que se consigue mediante podas de formación y mantenimiento.

La poda de formación hace referencia al conjunto de operaciones realizadas en los primeros años de vida de la encina buscando la consecución de una estructura óptima para la producción de bellota, a saber, un fuste limpio y recto del que partan 3-5 brazos divergentes, conformando una copa abierta y equilibrada. Este tipo de actuaciones, comunes a las realizadas en árboles frutales, potencian la dominancia apical, reduciendo las ramificaciones laterales, incrementando el crecimiento en altura y adelantando la entrada en producción.

Las podas de mantenimiento, en cambio persiguen diferentes objetivos entre los que pueden incluirse otros contrarios a la mejora de la producción de bellota, como puede verse en la foto 8. Aquellas podas cuyo objetivo es la mejora de la producción de bellota abren el interior de la copa sobre los brazos formados, eliminando ramas verticales, dominadas, mal posicionadas o enfermas. También persiguen reequilibrar al árbol de desafortunadas actuaciones anteriores.

Aunque la poda de mantenimiento realizada a la encina es una práctica que se cree necesaria para el mantenimiento de la producción de bellota, los estudios científicos realizados hasta la fecha ponen en tela de juicio su eficacia. Así, cuando las podas alcanzan una densidad media-alta, la disminuyen, especialmente si se realizan en montaneras de alta producción. De hecho, sólo se encuentran efectos levemente positivos o nulas para podas leves (figura 5). Esto se explica porque cuando eliminamos gran cantidad de biomasa de copa, el árbol desvía gran cantidad de recursos para la reconstrucción de las copas en vez de que sean dedicados a la producción de flores (foto 9). El efecto de la poda sobre otras variables como la morfología del fruto o la vecería es también escaso y efímero. Así se han encontrado tamaños de bellota ligeramente mayores en árboles podados frente a no podados y una leve reducción de la vecería.

La producción no ha sido la única variable que se ha estudiado en relación a la poda. Los crecimientos de los árboles son mayores cuando no se podan que cuando se podan de manera intensa, indicando un fuerte desvío de recursos para la reconstrucción de las copas (Alejano y col., 2006). Otros trabajos indican que también la producción de corcho se resiente con podas de fuerte intensidad (Cañellas y Montero, 2002).

El pastoreo

El pastoreo mejora la fertilidad de los suelos de las dehesas, incrementando principalmente el contenido en materia orgánica y macronutrientes, como el nitrógeno y el potasio. Dicha fertilización, procedente del estiércol de los animales principalmente, puede considerarse una fuente constante de nutrientes, ya que en la dehesa el pastoreo suele realizarse en rotación durante todo el año. Prácticas tradicionales como el redileo o majadeo también contribuyen a una fertilización progresiva de las fincas, admitiéndose que un redil a razón de 1 metro cuadrado por animal y 12 horas de estancia aporta el equivalente a 10 toneladas de estiércol por hectárea. Es por ello, que este uso de mejora la producción de bellota a medio-largo plazo como se puede ver en la figura 6. Además, la mejora de la fertilidad en el suelo propiciada por el pastoreo acorta los periodos entre buenas cosechas de bellota. Adicionalmente, el pastoreo mantiene controladas algunas especies de matorral como las jaras, que compiten fuertemente por agua y nutrientes con el arbolado, y además promueve el mantenimiento de comunidades de pastos diversos y muy interesantes desde el punto de vista de la alimentación del ganado.

Cultivos y laboreos

El cultivo ocasional puede tener efectos positivos sobre la producción de bellota al promover la mineralización de la materia orgánica y llevar aparejada una fertilización adicional que también percibe el árbol (Moreno y Pulido, 2009). Adicionalmente conlleva una descompactación del suelo y una mejora en la capacidad de infiltración de agua debido al periodo de descanso al pastoreo, y al desarrollo de las raíces del cultivo (generalmente cereales con una gran capacidad de descompactación). Además, en casos de presencia de matorral invasivo como jaras, el cultivo reduce la competencia árbol-matorral.

Sin embargo, la realización de cultivos en rotaciones cortas o sobre suelos frágiles y en pendiente, pueden eliminar estos efectos positivos al reducir los contenidos en materia orgánica, incrementar la pérdida de suelo y disminuir la infiltración y capacidad de almacenamiento de agua. Además, el paso de la maquinaria en las inmediaciones del árbol suele romper raíces de las encinas de importante entidad (pueden extenderse hasta incluso 20 metros de distancia del tronco.

CONCLUSIONES

La producción de bellota de la encina en la dehesa se caracteriza por su variabilidad entre años, zonas y árboles, lo que es debido a la gran cantidad de factores que inciden sobre ella. Algunos de estos factores son propios del árbol como la especie, edad o el potencial productivo. Entre los factores externos habría que destacar la meteorología, especialmente durante las fases de floración y maduración del fruto. Así, las temperaturas suaves al inicio de la floración adelantan las brotaciones y alargan el periodo de polinización, mientras que la sequía primaveral disminuye la producción de polen y flores femeninas. Además, unas altas temperaturas durante el inicio del otoño, unidas al retraso de las lluvias pueden propiciar una caída importante de frutos. Se ha visto una mayor producción de bellota en dehesas cultivadas y pastoreadas debido a la mejora de la fertilidad de los suelos y la disminución de la competencia por nutrientes y agua del árbol con el pasto y matorral. En cuanto a la poda de mantenimiento realizad a la encina, los estudios realizados no encuentran una gran influencia de esta práctica, es más, cuando las podas alcanzan una intensidad fuerte, la producción de árboles podados nunca supera a los no podados. Relativo a las plagas y enfermedades, habría que citar a las orugas defoliadoras para cuyo control a medio plazo, dada la diversidad de especies implicadas es importante incorporar actuaciones que mantengan el equilibrio ecológico.

Autores

  • Carbonero, M.D. IFAPA. Centro Hinojosa del Duque.
  • Leal, J.R., Hidalgo, M.T., Férriz, M., García-Moreno, A. y Fernández-Rebollo, P. Dpto. de Ingeniería Forestal, ETSIAM. Universidad de Córdoba.
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