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Digitalización en la granja: Transformaciones del proceso productivo en el sector porcino

El objetivo de este artículo es analizar el papel de la digitalización en la evolución del modelo productivo del sector porcino. A partir de sus usos, implicaciones y de los discursos que hay en torno al fenómeno, estudiamos cómo se relacionan las Tecnologías Digitales con los trabajadores, los cerdos y otras naturalezas, las cuales, desde el marco interpretativo de la Ecología-Mundo de Jason Moore, han sido puestas a trabajar a favor de la acumulación de capital.

Para ello, han realizado entrevistas semiestructuradas a trabajadores/as implicados en las diferentes fases de la producción: ganadería, factorías de transformación cárnica y empresas digitalizadoras del sector.

Entre los resultados principales, podemos considerar el uso de la digitalización y la automatización como elementos fundamentales para homogeneizar, intensificar y ejercer un mayor control sobre los trabajadores y la producción, vinculada a las cadenas globales de alimentación.

Esta investigación se desarrolla con el propósito de analizar de qué manera la industria cárnica se fundamenta en una definición de naturaleza alejada de las representaciones idealizadas. Para ello, partiremos del concepto de naturalezas de Jason Moore, entendidas como una matriz dentro de la cual se desenvuelve la actividad humana y opera la agencia histórica. Desde esta perspectiva, las problemáticas de la alimentación, del agua, de la contaminación o de la digitalización en el trabajo se convierten en problemas relacionales.

El objetivo principal es conocer el papel de la digitalización en la evolución del modelo productivo, así como los cambios y continuidades que esta implica. Con este fin, y a través de una metodología cualitativa, se analizan los usos, discursos e implicaciones de la digitalización en las tareas productivas, tanto en la fase ganadera como en la fase industrial, específicamente en las factorías de transformación cárnica (FTC).

La hipótesis que guía este trabajo se enmarca en la teoría de la Ecología-Mundo y en las conceptualizaciones de Moore. Se parte de la idea de que la digitalización posibilita un mayor control e intensificación en las relaciones de explotación y apropiación de los trabajadores (naturalezas humanas), de los animales y de los recursos medioambientales (naturalezas extrahumanas), todos ellos puestos a trabajar por el capital. La digitalización se constituye, así, en un elemento adicional del modelo que impulsa una mayor dependencia de los granjeros respecto a las FTC, y en consecuencia, de las cadenas agroalimentarias globales.

En este artículo se examina cómo estas dinámicas globales se manifiestan en contextos locales, tomando en consideración el trabajo de campo realizado en la Región de Murcia y en la comarca de la Sierra del Segura (Albacete).

A continuación, se presenta el marco teórico y el estado de la cuestión, donde se revisan documentos institucionales relevantes y se ofrece una descripción del modelo de producción porcina. En la 3º sección se detalla la metodología empleada. Posteriormente, en el 4º apartado, se analizan y discuten los resultados de la investigación, organizados en 2 bloques: el 1º, relativo al trabajo de las naturalezas humanas en la ganadería y la industria cárnica; y el 2º, al trabajo de las naturalezas extrahumanas. Finalmente, se exponen las principales conclusiones.

Marco teórico y estado de la cuestión

Tras una prolífica trayectoria de estudios agrarios y rurales desde una perspectiva sociológica, algunas de las cuestiones que se planteaban hace medio siglo sobre los cambios rurales y agrarios inducidos por la industrialización pueden considerarse ya resueltas. No obstante, resulta de interés precisar cómo las dinámicas que entonces se vislumbraban (integración vertical, incremento de las tasas de productividad, concentración de capital y proliferación de políticas de apoyo a la agroindustria) alimentan y son a su vez, alimentadas por la transformación digital.

Con el fin de situar este trabajo, se tomará como eje el desarrollo científico y tecnológico y su influencia en los procesos de trabajo. Sin embargo, antes es necesario contextualizar el fenómeno en cuestión.

El proceso de digitalización puede definirse como la incorporación de tecnologías digitales en distintas actividades con el objetivo de lograr soluciones más rápidas, ágiles y eficientes para procesos ya existentes. Numerosas instituciones públicas y privadas han emitido declaraciones a favor de una intensificación digital en el ámbito productivo, tanto a nivel nacional, como internacional. Estas instituciones insisten en los beneficios que puede aportar la digitalización, optimizando los recursos naturales y humanos, y haciendo los sistemas agroalimentarios más resistentes, productivos, seguros, eficientes y resilientes. Todo ello en un contexto que aún arrastra los efectos de la triple crisis (alimentaria, energética y financiera) de 2008, así como de la crisis del Covid-19. Además, este escenario se caracteriza por la existencia de múltiples riesgos, o en términos institucionales y empresariales “retos”sociales, económicos y medioambientales, derivados en gran medida del propio modelo productivo capitalista.

El solucionismo tecnológico en los sistemas agroalimentarios responde a una fuerte motivación transversal. Un ejemplo es la Estrategia de Digitalización del Sector Agroalimentario y Forestal del Medio Rural del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación en 2019, que argumentaba la aplicación de herramientas digitales en el sector agropecuario como vía para afrontar el despoblamiento rural, mejorar la sostenibilidad productiva, reforzar la vigilancia y la detección precoz de enfermedades fito y zoosanitarias, aumentar la competitividad en los mercados globales y garantizar un reparto equitativo del valor añadido a lo largo de la cadena.

Sin embargo, conviene considerar las limitaciones que enfrentan estas proyecciones en el ámbito de la ganadería porcina. Entre ellas destacan la brecha territorial, derivada de la falta de infraestructuras digitales en las zonas rurales (principal área de desarrollo de la actividad ganadera), y la brecha empresarial. De hecho, un 40% de las pymes y autónomos (que representan el 99% del tejido empresarial) encuentran obstáculos e incertidumbres respecto al futuro marco normativo de digitalización, lo que resulta especialmente relevante en un sector tradicionalista como el agropecuario.

Modelo de producción en la ganadería porcina

Para ofrecer una visión general de la evolución del sector en los últimos años y poder comprender los términos en los que surge la pregunta de esta investigación, resulta relevante señalar que el censo porcino ha crecido un 34,8% desde 2011. España se ha consolidado como una de las principales productoras mundial de carne de cerdo y como la primera de Europa, con una producción de 5,07 millones de toneladas de carne (56,65 millones de animales sacrificados en 2022).

Cataluña, Aragón y Murcia son “regiones de producción en las cadenas agroalimentarias”. Sin embargo, el número de granjas se ha reduciendo en los últimos años, reflejando un claro proceso de concentración e intensificación productiva.

La estructura del sector presenta características peculiares. Mientras que en las industrias transformadoras predomina la figura del asalariado, en la producción ganadera el modelo predominante es el de integración (75%). Esta relación laboral constituye una reinvención del rol del granjero: aunque sigue siendo propietario y responsable de las instalaciones, y por ende, de las innovaciones que en ellas se introduzcan. Los animales, el pienso y los servicios técnicos para su cría son propiedad de la empresa integradora. Esta última también se encarga del transporte y de la gestión con el matadero de destino. En este esquema, el granjero se convierte en un cuidador de animales sobre los que apenas tiene capacidad de decisión, ocupando así una posición desventajosa en las relaciones de poder del capitalismo agrícola.

Gracias al desarrollo de los medios de comunicación, tanto físicos, mediante centenares de camiones y barcos que transportan animales, insumos y manufacturas, como electrónicos, a través de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), las empresas integradoras de ganado porcino (con o sin matadero) funcionan como grandes operadores logísticos. Estas compañías controlan vertical y horizontalmente todo el proceso productivo: desde la gestión genética de los animales y la composición de los piensos, hasta la distribución de productos elaborados en supermercados internacionales. La transferencia del control hacia las cadenas se produce mediante el registro minucioso de todas las operaciones agrarias.

La creciente tecnificación del sector responde tanto a la conquista de nuevos mercados, a modo de “nuevos imperialismos”, como a las promesas de crecimiento derivadas de la “nueva revolución científica”, que inaugura una nueva onda larga de acumulación de capital. En este sentido, no debe desestimarse el hecho de que la transformación digital y la aplicación de TIC, como el Internet de las Cosas (IoT), el Big Data, los sistemas de alarmas o la homogeneización productiva mediante técnicas de racionalización, persiguen en última instancia, incrementar el control sobre la producción, aumentar las tasas de rendimiento y acortar los tiempos de las naturalezas humanas y extrahumanas.

Esta tendencia se articula en torno a un discurso tecno-optimista, avalado institucionalmente. Dicho discurso ya no se limita ya no solo a negar los costes y perjuicios socioambientales del modelo, que recaen directamente en trabajadores y pobladores de las zonas rurales, sino que promete solucionarlos mediante un recrudecimiento del propio modelo productivo.

En este marco, tanto animales como trabajadores encarnan la estandarización, el control y la aceleración constante. En el caso de los animales, esto se traduce en una estricta agenda de cría dividida en diferentes núcleos ganaderos distribuidos en la geografía nacional e internacional. Para los trabajadores, el ajuste continuo de las tasas de producción de corte neotaylorista se sustenta en el registro y análisis constante de su rendimiento, ya sea mediante técnicas digitales o analógicas.

Paralelamente, surgen empresas especializadas en servicios integrales de digitalización, con el objetivo explícito de mejorar la eficiencia de las granjas y la ratio trabajadores/unidades de producción, reduciendo así la inversión en trabajo vivo. Sin embargo, existe una paradoja: la disponibilidad técnica actual y el discurso empresarial e institucional no se encuentran plenamente alineados con la verdadera penetración digital en las granjas.

Metodología

El trabajo de campo se desarrolló entre octubre de 2023 y mayo de 2024. En la línea de otros autores que han analizado la digitalización en el sector agropecuario, para dar respuesta a los objetivos de investigación se optó por una metodología cualitativa, basada en entrevistas abiertas o semiestructuradas.

La estrategia de acceso al campo se realizó a través de una feria ganadera, industrial y agroalimentaria especializada en el sector porcino. Durante este evento se llevó a cabo una primera observación etnográfica, la cual permitió configurar una agenda de contactos estratégicos para la posterior realización de 22 entrevistas semiestructuradas.

Análisis de resultados y discusión

Impacto de la digitalización en el trabajo humano

El grado de digitalización y su impacto en las formas de trabajo, depende de diversos factores, entre los que destacan la fase productiva y el régimen de propiedad de las granjas.

En el sector porcino se distinguen tres fases productivas:

  • Fase 0 (Maternidades): Corresponde a las granjas donde las madres son inseminadas, gestan y paren a los lechones. Cada ciclo dura algo más de 4 meses: 3 meses, 3 semanas y 3 días de gestación, más 15 días de amamantamiento, hasta que los lechones alcanzan aproximadamente 6kg, momento en el cual las madres vuelven a ser inseminadas. Esta es la sección donde se aplican más herramientas digitales, principalmente para el control de la alimentación de las cerdas, la temperatura de las instalaciones y la calidad del aire, con especial atención a los gases emitidos.

  • Fase 1 (Lechoneras): Una vez destetados, los lechones son transportados (a menudo recorriendo cientos de kilómetros) hacia granjas específicas para esta etapa. Estas instalaciones están diseñadas para mantener una temperatura de alrededor de 28ºC, regulada mediante sondas conectadas a sistemas informatizados de calefacción y refrigeración. Cuando alcanzan los 20kg de peso, los animales vuelven a ser trasladados en camiones denominados jaulas hacia la fase siguiente.

  • Fase 2 (Cebo): En esta última fase, los cerdos son ya más resistentes, y la tecnificación más común consiste en el uso de ventanas automáticas. Aquí los animales permanecen hasta alcanzar un peso de entre 115 y 150kg, dependiendo de la raza y de la estación del año.

En términos generales, se observa que el grado de digitalización tiende a disminuir conforme avanzan las fases productivas: es más intenso en las maternidades y más limitado en la etapa de cebo.

En cuanto al régimen de propiedad, es característico que las empresas líderes en este sector coordinen la cría y engorde del ganado de 2 maneras: a partir de granja de mayor tamaño propias (especialmente en las fases 0 y 1, donde la inclusión de TIC y la automatización es mayor) o bien mediante el modelo de integración vertical.

Podríamos decir que en el modelo de integración se redefine la figura del ganadero hacia un estatuto de semiasalarización, por varios motivos. Por un lado, existe una continuidad con la idea de campesino: poblador rural tradicional que organiza su tiempo de acuerdo con su voluntad y que es dueño de sus instalaciones, sobre las cuales toma sus propias decisiones. Además, representa en cierta medida esa idea de conocimiento tácito e incorporado. Por el contrario, el rendimiento de ese trabajo, los requisitos de las instalaciones, el precio de cada animal, los objetivos y tiempos de cada ciclo, etc., están definidos unilateralmente por la empresa integradora, a menudo a partir de sellos y estándares de calidad.

Pese a la capacidad de capitalización de las integradoras para construir sus propias granjas (las cuales afirman ser más eficientes en términos de acumulación capitalista), el modelo de integración sigue siendo predominante (75% de la actividad ganadera porcina). Esto se debe a que, de esta manera, la integradora evita tanto los costes económicos derivados de la construcción y mantenimiento de las naves, como otros costes sociales y medioambientales, cada vez más responsables de la disminución de la tasa de apropiación de recursos humanos.

En 1º lugar, en cuanto a costes sociales, son los propietarios de estas granjas quienes en muchas ocasiones acaban absorbiendo el descontento y la oposición de sus vecinos por el acaparamiento de recursos.

En 2º lugar, los costes ambientales derivados de la aplicación de Mejores Técnicas Disponibles para la disminución de emisiones, donde se enmarcan gran parte de las transformaciones digitales analizadas, también corren a cuenta del integrado. Por ello, y en línea con los objetivos de esta investigación, podemos concluir que el hecho de que el integrado sufrague los gastos relativos al capital fijo acaba siendo una barrera para un uso más intensivo de herramientas digitales.

En ciertos términos, los ganaderos han quedado subsumidos, o literalmente “integrados” en las lógicas de la gran industria. En esta nueva organización de la producción, asumen los costes sin beneficiarse de la plusvalía que su trabajo genera, mientras que sus horas extra son gratuitas. En contraposición, aliarse al más grande les asegura el suministro de pienso y la venta de los animales.

Inspirándonos en las argumentaciones de otros autores, podríamos afirmar que, a partir del trabajo de campo realizado, en el modelo de integración se producen una serie de ficciones que permiten la perpetuación de una relación desventajosa de los integrados con respecto a las grandes integradoras y cadenas globales. La ficción de la propiedad de los cerdos, la ficción de un campesinado al que le pertenece su tiempo de trabajo, la ficción de ser parte de la empresa, etc., permiten a las integradoras explotar a esos trabajadores a partir de un estatuto (también ficticio) de autónomo, y apropiarse de una identidad y unas formas de vida propias del universo campesino, caracterizadas por la inexistencia de un límite entre el ámbito doméstico y el laboral.

Este compromiso que muestran los productores integrados no se traduce en una mayor autonomía ni en un beneficio económico adicional. Asimismo, los propios integrados reconocen su dependencia de las grandes corporaciones, ya que el proceso de cientificación, junto con los estándares de calidad, la escalada productiva, la orientación a los mercados globales y la supremacía de las grandes cadenas agroalimentarias, deriva en que “este proceso de trabajo ya no pueda reproducirse fuera del alcance del capital”.

Las empresas integradoras ejercen distintas formas de violencia para reproducir relaciones de subordinación con los integrados, dejando clara su superioridad en la toma de decisiones y en el reparto desigual de la propiedad (de los cerdos), de la riqueza (que se concentra en la integradora) y de la pobreza, que recae sobre el integrado.

Además, las horas extra y los costes sociales no remunerados quedan invisibilizados en favor de la mercancía. En este proceso, los ganaderos son en buena medida, alienados por los ritmos de producción de las cadenas agroalimentarias globales. Se produce así una apropiación de la naturaleza campesina, de modo que el granjero pierde su esencia y su autonomía en beneficio de las lógicas del capitalismo.

En este sentido, algunas herramientas digitales pueden interpretarse como una moneda de 2 caras. La existencia de sensores en la granja, sistemas de alimentación automática y alarmas que llegan directamente al teléfono del granjero pueden facilitar su vida cotidiana, permitiéndole incluso que, en determinadas ocasiones, apenas visite la explotación. Sin embargo, el hecho de que estos y otros parámetros puedan ser controlados desde el teléfono móvil (como los pedidos de pienso) contribuye a desdibujar el límite entre el tiempo de trabajo y el tiempo de descanso.

Digitalización: ¿sustitución o complemento del trabajo humano?

En términos generales, los trabajadores no perciben la digitalización como una amenaza por su potencial sustitución de mano de obra. Por el contrario, la consideran un complemento que permite mejorar el manejo de los animales, garantizar una mayor trazabilidad y optimizar la producción, tanto en el sector ganadero como en las industrias de transformación cárnica.

En el desarrollo de sus discursos, los ganaderos integrados suelen poner en valor los conocimientos adquiridos a través de la práctica, es decir, un conocimiento incorporado al que se refieren como su “ojo clínico”. Este tipo de saber es considerado, en muchos casos, más fiable y útil que la información proporcionada por un software para la cría de los animales.

Puede afirmarse, por tanto, que coexisten formas de producción digitalizadascon elementos más tradicionalistas, como la observación cotidiana y la convivencia diaria con los animales, así como el vínculo persistente entre la ruralidad y el sector primario. Este conocimiento incorporado (procedente de saberes tradicionales y arraigados) resulta especialmente valioso en contextos de digitalización, ya que puede emplearse para programar software y analizar grandes volúmenes de datos.

Algunas de las aplicaciones más frecuentes de esta combinación de saberes incluyen el registro del consumo de pienso y la realización de pedidos mediante aplicaciones móviles, la utilización de sistemas de curvas que definen las condiciones óptimas de la granja según el rango de los animales, la medición de la concentración de gases y su relación con determinadas enfermedades, así como la detección de anomalías y averías. El conocimiento tradicional y tácito, junto con el que aporta la digitalización, se recalibran mutuamente, contribuyendo a un mayor potencial de agencia en la toma de decisiones.

En esta línea, el personal veterinario subraya que disponer de información precisa sobre los hábitos alimenticios de los animales (especialmente durante la fase de gestación) resulta clave para la detección temprana de problemas sanitarios.

No obstante, estos posicionamientos de simbiosis entre conocimiento tradicional y digitalización contrastan con los discursos de los altos mandos de las empresas integradoras. En este ámbito, se prioriza la eficiencia y la precisión asociadas a la digitalización, en detrimento de la dependencia del conocimiento incorporado del ganadero tradicional.

Los datos muestran un aumento de la concentración de la producción, las granjas son cada vez más grandes y cada trabajador puede encargarse de un mayor número de animales. Esta tendencia resulta especialmente visible en las granjas integradas, donde los ganaderos se ven obligados a incrementar progresivamente las Unidades de Ganado Mayor (UGM) para generar los mismos niveles de ingresos. De este modo, los ratios trabajador/unidades de producción se amplían claramente a favor de la acumulación de capital.

Según los líderes del sector, esta concentración productiva y la integración vertical de todas las industrias implicadas constituyen la principal solución frente a las amenazas que enfrenta actualmente la producción de alimentos baratos. Aunque las empresas integradoras suelen asumir mayoritariamente las fases 0 y 1 de la cría de ganado, también cuentan, en régimen de propiedad, con grandes granjas de cebo, en las cuales un solo operario, apoyado en el uso de tecnologías digitales, puede llegar a encargarse de hasta 6.000 animales.

Si bien, el trabajador debe comprobar personalmente el estado de los animales, su labor resulta mucho más distante y menos física que en el caso de los ganaderos integrados y, por supuesto, que en los modelos de ganadería tradicional o extensiva. Existen desigualdades de acceso, uso y aprovechamiento de las TIC, que varían según el tamaño de la explotación y se traducen en desigualdades de los beneficios y en la capacidad de competir en el mercado.

La consideración de esta actividad como un proceso industrial más que ganadero permite, mediante el uso intensivo de maquinaria y tecnología, que el perfil de los trabajadores sea mucho más heterogéneo. Ello contribuye al proceso de descampesinización y desagrarización de las áreas rurales, a pesar de que es en estos territorios donde se localiza una parte importante de las explotaciones. Los trabajadores ya no necesitan proceder de familias ganaderas o agrícolas, o tener trayectoria anterior en el sector.

En definitiva, se observa una sustitución de las formas tradicionales de trabajo por lógicas propias del mercado capitalista, caracterizadas por la especialización de las unidades económicas, la escalada productiva, la mercantilización de la reproducción de la vida social y la asalarización de las relaciones sociales de producción.

El imaginario tecno-optimista no solo es compartido por las empresas integradoras, sino también por otros actores clave en este proceso de transformación, como las empresas de servicios integrales de digitalización en ganadería. Desde estos servicios auxiliares se señala la supuesta disminución de personas interesadas en el sector primario como una de las principales motivaciones para concentrar, intensificar y automatizar los procesos de trabajo en las explotaciones ganaderas.

Sin negar la existencia de una relación entre ambos fenómenos, y siguiendo los análisis desarrollados por diversos autores, puede sostenerse que la línea de causalidad opera en sentido inverso. Es la presión ejercida por los mercados globales de alimentos, en el marco del modo de producción capitalista, la que ha expulsado a una parte significativa del campesinado tradicional: primero, mediante un éxodo masivo hacia entornos y formas de vida urbanas, y posteriormente, a través de la transformación de las tareas productivas de la resistencia agropecuaria hacia otras más cercanas a la homogeneización industrial.

En este contexto, la digitalización se configura como un elemento central de dicha homogeneización de la producción, y en consecuencia, como un factor que impulsa el aumento de los mecanismos de control sobre los trabajadores.

Si bien estas observaciones resultan aplicables al conjunto del proceso productivo, con el fin de responder de manera más precisa a los objetivos de investigación, resulta necesario profundizar específicamente en las implicaciones de la digitalización en los mataderos y en las FTC.

Digitalización en la industria de transformación cárnica

Puede afirmarse que el grado de digitalización y automatización es notablemente mayor en la industria de transformación cárnica que en la fase ganadera, especialmente en el caso de grandes mataderos y factorías cárnicas.

Entre otros objetivos, esta transformación persigue una mayor estandarización de los productos y de su calidad, un aspecto cada vez más relevante en la disputa por la gobernanza de las cadenas agroalimentarias globales.

Asimismo, las TIC contribuyen tanto a un incremento de las tasas de producción, como a un grado superlativo de control. Este control no se ejerce únicamente a través de cámaras de videovigilancia, sino, sobre todo, mediante el código individual asociado a cada trabajador/a, que permite una trazabilidad exhaustiva de su actividad. Aunque esta trazabilidad se presenta inicialmente como un mecanismo positivo para garantizar la seguridad alimentaria, en la práctica acaba contribuyendo al sometimiento de los trabajadores.

Situaciones como el registro exacto de cada movimiento o la rigidez de las tasas de productividad sitúan a la empresa en una posición de poder asimétrica, configurando una suerte de panóptico, cuyo fin último es aumentar la velocidad y optimizar los procesos productivos con el objetivo de incrementar las tasas de rendimiento.

Desde esta perspectiva, la digitalización puede interpretarse como un elemento que viene a revolucionar (en sentido literal) el rendimiento del trabajador, intensificando los ritmos de trabajo y profundizando los mecanismos de control.

Impacto de la digitalización en el trabajo de las naturalezas extrahumanas

La actividad de las empresas líderes de las cadenas globales de producción porcina comienza con la compra de cereales y otros insumos necesarios para la elaboración de los piensos. A partir de estudios biológicos y genéticos desarrollados en sus propios laboratorios, estas empresas diseñan piensos altamente especializados según la raza, el rango, la fase productiva (0, 1 o 2), los objetivos de producción y las características reproductivas de los animales. Así, se diferencian piensos destinados a madres reproductoras o a cebo, a la producción de piezas enteras (como costillares) o a animales más pequeños orientados a la elaboración de embutidos, así como a granjas con o sin granuladora, entre otros factores.

El objetivo último de esta sofisticación es reducir la cantidad de proteína vegetal necesaria para producir proteína animal (E1), un cálculo basado en el índice de conversión, que indica la cantidad de pienso requerida para generar un kilo de carne, actualmente situada en torno a los 2,5 kg. No es casual que gran parte de la tecnología disponible en el sector esté vinculada a la alimentación, la cual constituye un ítem específico dentro de la tabla de Mejores Técnicas Disponibles (MTD).

Estas estrategias responden a múltiples objetivos. En 1º lugar, la reducción de costes y el aumento de los beneficios empresariales de las integradoras. En 2º lugar, pueden interpretarse como una respuesta a la crisis de infraproducción. Según este autor, las fronteras de apropiación se reducen progresivamente debido a la explotación intensiva de recursos como el agua, la energía y la tierra, indispensables para la producción de los cereales que componen los piensos. A ello se suman los crecientes costes derivados de las regulaciones en materia laboral, medioambiental, de bienestar animal, así como de la gestión del descontento social asociado al emplazamiento de las granjas o a los impactos contaminantes. En conjunto, estos factores hacen que resulte cada vez más difícil producir energía, materias primas, mano de obra y alimentos baratos.

En este contexto, buena parte de las herramientas digitales se ha desarrollado en torno a la monitorización ambiental. Cada vez son más comunes las sondas para medir gases como el dióxido de carbono, el amoniaco o las partículas PM10 y PM2.5, con fines medioambientales y de bienestar animal. Estos sensores se presentan como instrumentos necesarios para cumplir con la legislación vigente (como la declaración de emisiones vinculada a la tramitación de la PAC) y con estándares de calidad privados. Al mismo tiempo, estas tecnologías buscan homogeneizar y parametrizar el comportamiento de los cerdos, concebidos como auténticas máquinas de producir peso dentro de una cadena de producción tan “predecible como cualquier otro proceso industrial”.

No obstante, estos objetivos incorporan implícitamente una lógica mercantilista. El control de los gases mejora la respirabilidad de las instalaciones, y con ello, el bienestar animal, reduciendo enfermedades, muertes y retrasos en el crecimiento. Todo ello se traduce en una mayor seguridad productiva, y en última instancia, en mayores beneficios económicos.

En los discursos tecno-optimistas de las empresas especializadas y de los líderes de las cadenas de producción porcina, la transición digital se presenta como la solución a los problemas climáticos, de seguridad alimentaria y de bienestar social. Sin embargo, algunos autores cuestionan las supuestas bondades del capitalismo verde, al considerar que este ha profundizado en la precarización laboral —a través de procesos de semiasalarización— y ha intensificado el modelo productivo agroextractivista.

Asimismo, se plantean dudas sobre los efectos reales de estas tecnologías en términos de sostenibilidad medioambiental, dado que interviene una amplia variedad de factores —tipos de herramientas, características del suelo, formas de manejo, etc.— y que las tasas de adopción tecnológica siguen siendo bajas debido a sus elevados costes, tal y como se ha constatado en el trabajo de campo. Existen, además, evidencias de que esta transición digital y “sostenible” solo es accesible para empresas suficientemente capitalizadas como para intensificar y expandir su producción. Por ello, algunos autores critican el carácter especulativo y extractivista del solucionismo tecnológico, que no responde a las necesidades actuales, sino que se proyecta hacia un futuro indefinido.

Otra de las reticencias detectadas en el trabajo de campo se relaciona con la escasa sensibilidad hacia los problemas de sostenibilidad, a menudo percibidos como incompatibles con el modelo intensivo de producción. En este sentido, los cambios normativos y la implantación de tecnologías ambientales suelen abordarse desde una perspectiva estrictamente economicista. Pese a la proliferación de discursos críticos con estas normativas (frecuentemente calificadas como excesivas o arbitrarias), emergen ciertas contradicciones en los relatos de los propios ganaderos, quienes reconocen mejoras en la salud y en las tasas de supervivencia de los animales, así como una menor dependencia de antibióticos y otros medicamentos.

Conclusiones

Analizar las relaciones laborales en el sector porcino se permite observar cómo la digitalización se despliega con el objetivo de ampliar las fronteras de apropiación y de gestar una nueva onda larga de acumulación de capital. En una primera instancia, el trabajo barato se produce mediante el aumento de las tasas de producción en las FTC y el incremento de los ratios trabajador/UGP en el sector ganadero, donde el capitalismo explota tanto la naturaleza campesina como el compromiso de los granjeros con unos animales, que en la actualidad, ni siquiera les pertenecen. Se trata de un tiempo de trabajo cada vez más eficiente desde el punto de vista productivo (gracias a la digitalización y la automatización) que no es recompensado económicamente en su totalidad, debido a su estatuto de semiasalarización. La tecnificación posibilita así un mayor control, intensificación y homogeneización de las formas de producir, y por ende, del producto final, un elemento clave para el cumplimiento de los estándares de calidad y la hegemonía de las cadenas agroalimentarias globales.

En segundo lugar, los animales también son puestos a trabajar. La digitalización se emplea para homogeneizar, estandarizar y acelerar sus procesos metabólicos. Aunque las TIC atraviesan toda la cadena productiva, el control es mucho más intenso en la fase 0 de maternidades, disminuyendo progresivamente a medida que los animales ganan peso. Asimismo, el grado de automatización depende del régimen de propiedad de las granjas, siendo mayor en aquellas pertenecientes a las empresas integradoras, que disponen de un volumen superior de capital fijo y de ratios trabajador/unidades de producción más favorables desde la lógica de la acumulación. En el caso de las FTC, la digitalización está ampliamente extendida, tanto como instrumento de control y vigilancia de los trabajadores como medio imprescindible para la ejecución de las tareas productivas.

Por último, la digitalización también pone a trabajar a otras naturalezas extrahumanas, como el agua, el suelo, los terrenos cultivables o el aire. Ante los problemas, ampliamente documentados, de sostenibilidad, agotamiento y contaminación de los recursos naturales, las TIC se despliegan con el objetivo de mantener abiertas las fronteras de apropiación. Las medidas impulsadas por las instituciones públicas y por los sistemas privados de certificación avanzan en la dirección de digitalizar para reducir emisiones e impactos negativos, lo que implica “cartografiar, racionalizar, cuantificar y, sobre todo, controlar de formas que faciliten la acumulación sin fin de capital”. En definitiva, se trata de sostener un modelo de producción insostenible per se, no solo por sus consecuencias medioambientales, sino porque constituye un sistema de relaciones y configuraciones socioambientales que imprime las jerarquías de poder y los intereses del capital en las personas y en el territorio.

Puede concluirse, por tanto, que el papel de la digitalización resulta profundamente paradójico. Se presenta como la solución a los riesgos de sostenibilidad social, ambiental y económica que el propio modelo socioeconómico capitalista genera y reproduce de manera sistemática. Sin embargo, lejos de revertir estas dinámicas, la digitalización está contribuyendo a la asalarización, homogeneización y sometimiento de la mano de obra, de los animales y de otras naturalezas extrahumanas, reforzando así el mismo modelo que dice corregir. Queda por determinar, en futuras investigaciones, si la denominada Cuarta Revolución Industrial supondrá una transformación estructural del sistema productivo, o si por el contrario, la digitalización actúa como una herramienta para que, en esencia, nada cambie.

Autor: Irene Guerrero Avellaneda. Departamento de Sociología, Universidad de Murcia