Jóvenes, profesionales y muy preparadas. En un mundo tradicionalmente masculino como es el sector jamonero turolense, dos mujeres rompen moldes y derriban estereotipos. Laura e Inma forman parte de la cadena de producción del Jamón de Teruel en distintos eslabones: secadero y granja. Son el mejor ejemplo de que algo está cambiando en el sector aunque todavía son una realidad a la que le queda mucho camino por recorrer. Han abierto un sendero en el que priman la profesionalidad y el rigor sobre las cuestiones de género. Toman decisiones que afectan al mundo del jamón de Teruel y dejan claro que el jamón, también es cosa de chicas…

Laura Lej, con 33 años, casada y con un hijo, representa la segunda generación de una empresa ganadera ubicada en Foz Calanda. Se ocupa de todos los problemas del día a día con los que se encuentra una granja de ciclo cerrado con 1.200 madres. Lleva las tareas administrativas, laborales, financieras, el control de la producción, la relación con proveedores, clientes, bancos … “al ser una empresa pequeña hago un poco de todo”.

Estudió Económicas en Zaragoza y quiso volver al pueblo cuando finalizó sus estudios porque valora mucho la calidad de vida que ofrece el mundo rural. “Me gusta trabajar con mi familia y poder hacerlo en tu comarca y generar empleo en ella es algo muy satisfactorio”. Claro que hoy nada es fácil y menos sacar adelante una empresa. En su caso la mayor dificultad la encuentra a la hora de contratar personal para trabajar, probablemente por la despoblación que padece la provincia. “Tenemos problemas, ya no sólo de mano de obra cualificada, sino también sin cualificar”. En contra de la opinión generalizada, Laura cree que las mujeres tienen hoy las mismas oportunidades que los hombres, al menos en Foz Calanda. Además, asegura- “la mujer es la pieza más importante para frenar esta lacra que es la despoblación”.

Que el sector porcino arrastra una importante influencia masculina, todo el mundo lo sabe, especialmente en tareas como la limpieza, si bien, Laura está convencida de que las cosas están cambiando y afirma que cada día hay mayor presencia de mujeres en las granjas. “Creo que la visión femenina de las cosas es diferente y esto es lo que aportamos, otra visión”, dice rotunda Laura.

Esta joven a la que le gusta “ser madre” y salir en bicicleta en sus ratos libres, es la única mujer que se sienta en la mesa del Pleno del Consejo Regulador del Jamón de Teruel y según admite “es una muestra de la poca representación femenina en el sector porcino”. No obstante, rompe una lanza en favor del sector del que dice “que se está profesionalizando”. Recientemente también ha entrado a formar parte como secretaria en la nueva Asociación de Productores de Cerdo de Teruel.

Para Laura la igualdad de género no es una cuestión de cuotas sino de valía. Reconoce que no es fácil conciliar la vida laboral y familiar cuando ambos miembros de la pareja trabajan, como en su caso. No obstante, “creo que tenemos más fácil la conciliación en el mundo rural que en la ciudad”.

El suyo es un claro ejemplo de que con trabajo, esfuerzo y profesionalidad se está avanzando con paso firme en la igualdad de género en la sociedad y en el sector jamonero turolense en particular.

Inma Borrás, encargada de un secadero de jamones ubicado en Castellote, unas instalaciones que curan unas 2.000 piezas de jamón de Teruel al año y otras tantas de paleta de Teruel. Esta ingeniera Industrial de 33 años, casada y, de momento sin hijos, lleva las riendas del secadero que levantó su padre. Si, es la gerente, pero se ocupa de la contabilidad, las compras y ventas, calidad, producción…y habitualmente se la ve embuchando, salando, sangrando y repartiendo …

Precisamente eso es lo que más le gusta de su trabajo, la diversidad. “Aquí  cada día es diferente, no es una cadena de montaje en la que siempre haces lo mismo. A las 9 estoy recibiendo un camión para descargar jamones, a las 11 etiquetando y por la tarde entre albaranes…”

Y si versátil es en su trabajo, no lo es menos en su tiempo libre. Le encanta practicar deporte, especialmente el patinaje artístico, y toca el saxofón y la dulzaina. Sale habitualmente con los amigos a cenar y cuando puede le gusta viajar por el mundo. El haber estado viviendo una temporada en Reino Unido le ha hecho apreciar todavía más España. “Tenemos un país con maravillosos rincones desconocidos que no tienen nada que envidiar a otros mucho más populares en el extranjero”.

Inma pertenece a ese raquítico 5% de mujeres que estudia una Ingeniería Industrial. En su clase apenas había 5 chicas entre más de un centenar de varones. Cuando acabó en 2011, las cosas no estaban para tirar cohetes en el mundo laboral. Decidió entonces dejar Zaragoza, volver al pueblo con mucha ilusión porque le encanta vivir allí y con la intención de echar una mano en la empresa familiar “donde siempre hay mucha faena”, apunta.

Desde que ancló sus botas en su tierra natal no ha parado de trabajar. “Entro a las 9 de la mañana al secadero y nunca se cuando voy a acabar… A última hora de la tarde hago los repartos a charcuterías, carnicerías, restaurantes… y llego a casa a las 9:30 o las 10:00”. Eso si, lo hace “a mesa puesta” porque su marido es de los que ayuda, y mucho. “Las tareas del hogar están repartidas al 50%, los dos hacemos frente a la cocina, compramos o limpiamos…Nos organizamos bien.”

Aunque no es la norma en el sector, en su empresa existe la paridad. Cuentan con el mismo número de hombres que de mujeres trabajando. Aunque unos y otras hacen las mismas labores, piensa que las mujeres son más detallistas en la última fase del producto.  “Etiquetando, loncheando, envasando y cortando lo dejamos todo más bonito”. También reconoce que los hombres son más eficientes en todo lo que interviene la fuerza física. “Cuando tienen que palear los jamones o moverlos lo hacen con mayor destreza que nosotras”.

Inma es una “rara avis” entre los jóvenes que salen del pueblo a estudiar una carrera universitaria. Es de las pocas que después de acabar la carrera volvió a Castellote. Y para muestra un botón. De sus 6 hermanas, tan sólo dos se han quedado en el pueblo, el resto vive fuera. “Es normal porque aquí hay muy pocas oportunidades de trabajo pero ya no sólo para mujeres, también para hombres”.

Al frente del secadero, su mayor quebradero de cabeza es el mantenimiento de la maquinaria. Cuando algo falla, hay que recurrir a un radio de 150 kilómetros con el sobrecoste que supone.

Opina que a veces son las propias mujeres las que se ponen su propio techo de cristal y cree que ya es hora de derrumbar estereotipos. “A mi me decían mis amigas que cómo iba a estudiar Ingeniería Industrial si era una carrera de hombres. Hay que concienciarse como mujeres que valemos tanto como los hombres”, afirma rotunda.

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